Es enero y nos encontramos en la isla de La Palma, o lo que es lo mismo, la isla bonita, como la llaman los canarios. Partimos de la capital tomando rumbo norte, a través de una ruta muy larga, tortuosa y espectacular. Nada más abandonar Santa Cruz la costa se convierte en una sucesión de acantilados y escabrosos barrancos cubiertos de vegetación.

El asfalto serpentea por capricho de estas abruptas vaguadas en las que, como indica su accidentada orografía, el agua corre con furia inusitada en días de tormenta. Y son muchos, muchísimos los barrancos que vamos sorteando, los cuales descienden vertiginosamente de las altas cumbres para morir en el mar sin que haya ninguna planicie o valle transversal de por medio. Más adelante aparecen plantaciones de plataneras, formando una inmensa alfombra verde que se extiende por el litoral, entre la carretera y el océano. Tenagua, Mirca, Puntallana… son pequeñas localidades que vamos dejando atrás.
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