Está claro que la metrópoli a orillas del río Isar no es un lugar cualquiera, y que basta profundizar un poco en sus características principales para advertir una serie de contradicciones que, entre otras cuestiones, no hacen más que resaltar un vivo interés por querer conocer esta urbe donde se mezclan las viejas tradiciones con una modernización y estatus que ya lo quisieran para sí otras capitales.

El gusto arquitectónico es innegable y variado (renacentista, gótico, barroco y moderno). Su oferta cultural es tal que resulta célebre a nivel internacional. Es feudo de editoriales, destino turístico de primer orden, importantísimo centro tecnológico y, además de tener la mayor universidad del país, posee uno de los niveles de vida más altos de Alemania. Y no hablemos de su divertida Oktoberfest, que atrae a miles de visitantes. Sin embargo, no han descuidado sus costumbres, algo sumamente arraigado en toda Baviera. Tampoco hay que olvidar que Munich fue la capital del movimiento nazi, con Hitler a la cabeza, y que la ciudad quedó reducida a escombros tras los sistemáticos bombardeos aliados.
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