Huyendo del tórrido verano mediterráneo emigramos a regiones mucho más septentrionales, con la clara finalidad –entre otras varias razones-, de encontrar un estío fresquito, allí donde las altas temperaturas y la bochornosa humedad no se den cita.

Sin embargo, la noche de Tallin nos recibe más calurosa de lo imaginado. Es madrugada del sábado y las terrazas están llenas a rebosar en el barrio de Vanalinn, o lo que es lo mismo, la ciudad medieval. En un país acostumbrado a los rigores del largo invierno es motivo de alegría la llegada del buen tiempo. Por ello, y porque ya no tienen que sufrir el yugo soviético, las noches veraniegas en la capital de Estonia poseen un ambiente ocioso muy similar al que estamos acostumbrados en nuestra tierra.
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