Nos encontramos en el norte de Túnez, disfrutando de la costa y su moderado invierno tan propio de estas latitudes. El tiempo transcurre felizmente regateando en los comercios de Nabeul, visitando las ruinas de Neapolis y haciendo varias incursiones a Hammamet y su agradable medina. Todo muy bonito y enriquecedor, pero demasiado sosegado para lo que estamos acostumbrados. Buscamos algo que nos despierte las emociones, que nos haga vibrar de verdad. Y sabemos que eso únicamente podemos encontrarlo tomando rumbo sur. Hemos sentido la llamada del desierto.

Viajando a través de extensos campos de olivos llegamos a El-Jem y su fastuoso coliseo romano, que llegó a ser con un aforo de 30.000 personas el tercero más grande de la época. Nuevamente en camino, nos percatamos que conforme avanzamos hacia el sur los campos de olivos van desapareciendo, dejando lugar a una tierra reseca e incluso a los mágicos y ondulantes trazos de la arena. Buena señal.
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