África y su hechizo se nos descubre a ambos lados de la carretera. No falta la colorida aglomeración humana ni los camiones exageradamente atiborrados de fardos, arterias sin asfaltar y puestos ambulantes en los que se vende de todo. Cheikhna, el amable guía que hemos contratado en plena calle, nos va desvelando todas aquellas dudas que tenemos sobre el país mientras se despliega un escenario variopinto tras las ventanillas del Peugeot.

Circulamos por un paisaje llano y reseco, donde crece el venerado baobab y se vive en humildes chozas. La mente se enriquece con un buen número de estampas típicamente africanas, pues, a poco que uno se fije, aparecen cientos de detalles que nada tienen que ver con el “primer mundo” de donde venimos.
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