“He visitado ruinas incas; he pedaleado un día más por el desierto; me he caído dos veces al río; he acabado lleno de polvo y barro; estoy destrozado y mi aspecto es lamentable… ¡Ha sido maravilloso!, escribí en mi diario tras desplomarme exhausto sobre la cama después de una nueva y dura jornada en el desierto más árido del mundo.
A lomos de una bici sin bautizar, teniendo al implacable sol como único compañero y el silencio como fiel escudero, recorrí asombrado y con el alma presa de una emoción desbordante una orografía que se me antojaba de lo más extraño que había visto en mi vida: yerma como ninguna otra tierra;
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