Aquí reside la Soledad
“He visitado ruinas incas; he pedaleado un día más por el desierto; me he caído dos veces al río; he acabado lleno de polvo y barro; estoy destrozado y mi aspecto es lamentable… ¡Ha sido maravilloso!, escribí en mi diario tras desplomarme exhausto sobre la cama después de una nueva y dura jornada en el desierto más árido del mundo.
A lomos de una bici sin bautizar, teniendo al implacable sol como único compañero y el silencio como fiel escudero, recorrí asombrado y con el alma presa de una emoción desbordante una orografía que se me antojaba de lo más extraño que había visto en mi vida: yerma como ninguna otra tierra; tan estéril que parecía un milagro cualquier signo de vida, y no obstante había oasis donde el hombre se ha asentado desde tiempos inmemoriales. Laberínticos y angostos pasadizos de roca, oquedades y monolitos esculpidos por la paciente erosión, silencio sepulcral tan sólo roto por el crujir de las piedras de sal, una soledad inquietante en una región hostil e inabarcable, y esos salares que resplandecían bajo un sol de justicia…
Nadie osó perturbar esos instantes de éxtasis aventurero, puesto que ni un alma se adentró en el valle de aspecto lunar ni en las quebradas donde la muerte cobra protagonismo. La soledad más aplastante. La nada más absoluta.
Ahora tengo entendido que hay que pagar por acceder al Valle de
Deseaba desvelar los secretos de Atacama, y así lo hice. No fue fácil, ya que tuve que empujar la bici de montaña por bancos de arena, pedalear muchos kilómetros para volver a retroceder, arrastrarme por exiguos desfiladeros en los que a duras penas cabía mi cuerpo y con la incertidumbre de toparme con una serpiente o alacrán, y esa sensación de perderme que aumentaba a medida que me alejaba más y más de las pistas de tierra… Pero todas esas fabulosas penalidades fueron necesarias para conocer a fondo el Valle de
Por todo ello, me congratulo al haber pedaleado ante la atenta mirada del volcán Licancabur, a estar a solas en este derroche de belleza natural. Ahora, diez años después de aquel memorable viaje, me viene a la mente las sabias palabras del fotógrafo alemán Kar Lang refiriéndose al desierto de Atacama:
“Aquí reside la soledad”
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