Estonia
Viajamos por el más pequeño de los países bálticos a bordo de unos autocares algo desvencijados y donde la falta de aire acondicionado nos hace sudar la gota gorda. El país es eminentemente llano, saturado de campos, bosques y humedales que se alternan en un paisaje monótono salpicado de granjas y diminutas poblaciones donde aún pueden verse numerosas viviendas de madera.
Haapsalu (12.000 hab.) se halla en una estrecha península a orillas del mar Báltico y alrededor de un lago. El casco antiguo es una sucesión de coloridas casas de madera y silenciosas calles que ahora se encuentran patas arriba y polvorientas por estar en obras. Más en ruinas está el interesante Castillo del Obispo. La estación de tren, donde puede verse el Museo del Ferrocarril y una serie de antiguas locomotoras, nos sirve de punto de partida para tomar otro bus y continuar el viaje.
Más al sur desembocamos en Pärnu, ciudad-balneario sembrada de enormes espacios verdes y una concurrida playa. Lo primero que hacemos es echarle un vistazo a la iglesia ortodoxa de Catalina, erigida en 1760 en honor de Catalina
Más auténtico resulta el interior de Estonia y la zona fronteriza con Rusia, enigmático escenario donde Julio Verne recreó su obra Un drama en Livonia. Ésta es tierra de frondosos bosques de abedules, pinos y abetos; morada de osos pardos y lobos, y patria de crudos inviernos que no parecen tener fin. A mi mente regresan esas lecturas que me hicieron soñar de niño.
No muy lejos anda Tartu (100.000 hab.) y su siniestro museo del KGB, situado en unos antiguos cuarteles que pasan desapercibidos. Descender a los sótanos es como bajar al infierno, al menos si tratamos de imaginarnos lo que sucedía en aquellos fríos calabozos. Una enmohecida silla de torturas así lo demuestra.
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