Breve repaso a Tallinn
Huyendo del tórrido verano mediterráneo emigramos a regiones mucho más septentrionales, con la clara finalidad –entre otras varias razones-, de encontrar un estío fresquito, allí donde las altas temperaturas y la bochornosa humedad no se den cita.
Sin embargo, la noche de Tallin nos recibe más calurosa de lo imaginado. Es madrugada del sábado y las terrazas están llenas a rebosar en el barrio de Vanalinn, o lo que es lo mismo, la ciudad medieval. En un país acostumbrado a los rigores del largo invierno es motivo de alegría la llegada del buen tiempo. Por ello, y porque ya no tienen que sufrir el yugo soviético, las noches veraniegas en la capital de Estonia poseen un ambiente ocioso muy similar al que estamos acostumbrados en nuestra tierra.
Pero en Tallinn hay algo que llama la atención del viajero curioso, y es precisamente la transición entre el pasado comunista de edificios grises e insulsos de la clase trabajadora –no hay más que alejarse del centro para hallarlos-, y ese capitalismo que emerge con fuerza en forma de modernos rascacielos de cristal y acero. Dos extremos bien diferenciados entre sí, que sin embargo no eclipsan para nada la belleza del casco antiguo.
Raekoja Plats (s. XII) es el corazón de Vanalinn, una extensa plaza rodeada de armoniosos edificios de inclinados tejados, como el del Ayuntamiento o el de
Un tiempo anticiclónico nos acompañará por el resto del país. Pero eso ya es otra historia…
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